LOS IMPERIOS DE RICARDO III

Como cualquier otra persona confrontada con su cuestionado valor, el deseo de imponerlo se siente sí o sí.

 

“El infierno está vacío. Todos los demonios están aquí.”
- William Shakespeare

 

Uno creería que hemos “avanzado” mucho desde aquellos tiempos medievales en que los reinos se azotaban constante y despiadadamente en busca de lo que cualquier líder supremo con complejos de inferioridad pudiera desear: el acato. Y la verdad es que no ha sido mucho. Desde entonces sólo han pasado unos 500 años, tiempo que para la evolución es realmente poco. Sí, el intelecto avanza rápidamente, pero nuestros instintos caminan a un paso tan natural como la vida misma. Y son esos dos factores los que no se deben combinar cuando tienes al pueblo comiendo de tu mano.

 

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La Tragedia de Ricardo III es una obra de William Shakespeare que habla del desquiciamiento que trae consigo la ambición y el afán de poder cuando se establecen como tiranía, cuatro temas que son muy recurrentes dentro de una cárcel, por lo que la Compañía de Teatro Penitenciario tenía que trabajar su propia versión y salir con algo más… personal. Algo en lo que pudiera mostrarse que cualquier ser humano puede ascender al poder, ser derrotado por los imperios que él mismo construyó y sufrir la traición que con sus acciones también construyó.
 

¿Y cuáles son esos imperios exactamente?

Mira las noticias. Decenas, cientos, miles de personas contaminadas por la dominante adicción a controlar.

Mira a tus rivales. Todos imponiendo su punto de vista en ti, empequeñeciendo lo que sientes y ridiculizando lo que expresas.

Mírate a ti. Los rencores acumulados, las ganas de joder, las inseguridades dictando cada mala decisión que tomas.

A conciencia de los impulsos que nacen vehementes de los rincones más oscuros del corazón, los integrantes de la CTP se decidieron a estudiar los orígenes de cada uno de ellos. Lo que encontraron fueron memorias disfrazadas de inferioridades y acompañadas por un grande y molesto vacío. En pocas palabras, como cualquier otra persona confrontada con su cuestionado valor, el deseo de imponerlo se siente sí o sí. La acción consecuente a ese cuestionamiento es la que determina quién manda qué dentro de ti. Hemos llegado a los imperios de Ricardo III.

 

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Ricardo III no tiene ni caballo ni corona. Su reino eres tú y todo lo que está a tu albedrío, lo que conoces, lo que manipulas, a lo que le sacas provecho. Su pueblo y sus súbditos, las personas que están contigo día a día (por las buenas o por las malas). Para deshacerte de él sólo tienes que hacerle como a cualquier régimen político. Y porque derrocarse a uno mismo nunca ha sido una batalla fácil de ganar, podemos decir que, tanto hoy como en la edad media, y tanto en reyes como en prisioneros, la decisión personal de ser mejor es en esencia un acto revolucionario. Al fin y al cabo, la tragedia no es que haya ambición y poder en una persona. La verdadera tragedia es que si no sabes gobernarlas, Ricardo III seguro lo hará.

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