¿NOSOTROS CREAMOS HISTORIAS, O LAS HISTORIAS NOS CREAN A NOSOTROS?

Contar historias es una de las improntas de la humanidad porque de ellas nacieron y de ellas forman parte.

 

La vida es una historia que constantemente está en proceso de creación.

¿Quién la escribe? Nadie sabe siquiera si se trate de un quién. Pero en una minúscula mota de polvo cósmico existen seres que crean, narran, plasman, y aman las historias con locura y con pasión.

 

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Los humanos nacen con una necesidad quemante de entender y trascender. Esto para ellos es desesperante por el hecho de que ningún ser vivo llega a la Tierra con instrucciones para vivir. Lo único que les queda es inventarse una historia que les permita comprender su entorno bajo los elementos a los que están limitados. Hasta hace 500 años, por ejemplo, contaban la historia de una divina y brillante luz que paseaba por los cielos, un dios que los ayudaba en grandes guerras y los guiaba a abundantes tierras. Su nombre era Huitzilopochtli. Hoy la historia es distinta: aquella bola enorme de fuego nació por una enorme concentración de gases, y emana la energía de la que todos en el planeta se alimentan. Su nombre es El Sol.

 

Y en el medio de todos estos relatos surge una pregunta importante: ¿por qué inventarse todo eso?

 

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La respuesta sólo puede entenderse complementando la pregunta con otra pregunta. No sólo es el por qué, sino también el para qué. Contar historias es una de las improntas de la humanidad porque de ellas nacieron y de ellas forman parte. Ingeniosos, cada uno halla la manera de materializar tantos años de reflexión y trabajo en una película, una pintura, una canción o una obra de teatro. Y no es como que tengan una infinita capacidad de creación… o quizá sí. Lo que hacen es tomar los mismos elementos de siempre y los combinan en un sinfín de maneras diferentes. Dependiendo de la combinación, las sensaciones, las decisiones, las enseñanzas son distintas. Y es que en la constante búsqueda de su identidad sospechan que los héroes, los villanos y los exploradores que narran viven dentro de sí mismos, desesperados por difundirse y fundirse en el corazón de los demás. Más allá de entretenerse, buscan develar algún aspecto de su condición, tomar distancia de la realidad al mismo tiempo que se reencuentran con ella, nutrirse con reflexiones y emociones que los hacen soñar con aún más historias. Contemplar, imaginar, entender, crear, compartir, repetir.

 

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Quizá no lo sepan, pero confortarse y confrontarse con unos cuantos actos es la más grande historia de amor que viven y cometen todos los días. El ímpetu con el que buscan experimentar en cuerpo ajeno lo que serían o sentirían en determinadas circunstancias los libera y los enamora una y otra y otra vez. Cada uno de ellos tiene algo importante que decir.  Cada historia los cambia por dentro y por fuera aunque sea un poquito. Tal vez una enorme bola de fuego los ayude a sobrevivir, pero lo que realmente los hace vivir es la inspiración que con tan sólo un acto, una pincelada o unas cuantas notas pueden transmitir. Si no hay nadie que escriba su historia, ellos mismos lo harán, y lo harán muy a su manera.

 

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enamorarse de un incendio

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