EL MACHO ARREPENTIDO NO ES MACHO

Qué conveniente resulta que los caballeros no tengan memoria.

Queremos felicidad. Queremos entender. Queremos sobrevivir. Queremos comer. Queremos reír. Queremos bailar. Queremos abrazos. Queremos canciones. Queremos beber y queremos fumar. Queremos un propósito. Queremos querer. Queremos sentirnos queridos.

Queremos felicidad.

Queremos superarnos. Queremos un sueño. Queremos una moral que nos ayude a alcanzarlo. Queremos a quienes sueñan nuestro mismo sueño. Queremos que los otros también lo sueñen. Queremos demostrar. Queremos orden. Queremos ordenar. Queremos libertad. Queremos imponer nuestra libertad.

Queremos felicidad.

Queremos comprensión. Queremos sanación. Queremos lastimar a quien no nos quiso aguantar. Queremos que sufran los que no pueden ser libres. Queremos decidir cómo es la libertad. Queremos control. Queremos poder. Queremos tenerla más grande. Queremos fuerza para cargar a nuestros ángeles. Queremos fuerza para vencer a nuestros demonios. Queremos astucia para no confundirlos. Queremos, queremos y queremos más.

Queremos felicidad.

 

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El camino al paraíso sin duda es un laberinto, y a nosotros no nos gusta pedir direcciones. Cada esquina nos sorprende con las sutiles -e incómodamente agudas- señales del error. Caminamos errantes. Contradicciones, trampas, callejones sin salida, esperan pacientes a que nuestros pasos terminen en un destino diametralmente diferente al que teníamos en mente. Vuelta tras vuelta, pasillo tras pasillo, espejismo tras espejismo, descubrimos lenta y dolorosamente que el destino no existe fuera de nuestra imaginación y, en el pleno dolor de la impotencia, insistimos en encontrarlo sin importar las consecuencias, pues somos expertos en aguantarnos el dolor. Un camino que, por nuestros huevos, no tiene un fin.

 

Qué fácil es obsesionarse. Qué difícil es estar obsesionado. Qué imposible parece salir de la obsesión. Irónico que condenamos las drogas y no tengamos ni idea de lo que el poder ha hecho con nuestro ser. Querer y tener no está mal. Querer y tener cada vez que queremos es adictivo. Mata las neuronas del corazón y atrofia los sentidos. Sentimos que todo gira alrededor de nosotros, y si giramos alrededor de alguien más, nos mareamos. Si vemos que una nota le llama berrinches a nuestras ambiciones, ahí sí dejamos de leer. Entonces… ¿tenemos o no tenemos pantalones?

 

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Queremos ayuda sólo cuando olvidamos que no podemos todo solos y nos sentimos mal. Queremos resaltar nuestra importancia cuando olvidamos que otras cosas son importantes. Queremos que se escuche nuestra opinión olvidando que lo que llamamos civilización se construyó alrededor de nuestra opinión. Decimos “¡Yo sé más que tú y chingas a tu madre!”, olvidando que fue mamá quien nos enseñó. Queremos que el mundo funcione a nuestra manera porque olvidamos que nosotros funcionamos a manera del mundo. Qué conveniente resulta que los caballeros no tengan memoria.

 

Pues de tanto tener parece que olvidamos lo que es querer. Confundimos el amor con la obsesión, la guía con la regla, el deber con el poder, el placer con la violación. Se nos subió a la cabeza tener dos cabezas. Y junto a eso que se nos subió, también subimos el volumen para asegurarnos de que todos puedan ver la cabeza más pequeña, la que no piensa, la de los impulsos, la que no tiene por qué preocuparse porque no tiene con(s)ciencia. En nuestro excesivo esfuerzo por parecer “hombrecitos” le temimos a la verdad, callamos las injusticias, elegimos el camino más fácil, escondimos las lágrimas. No, señor. Sin valentía no hay felicidad. Tal vez queramos felicidad, pero no tenemos idea de cómo sea. Así que ¿nos callaremos de una vez para escuchar a las que sí saben, o esperaremos a terminar con todo a nuestro errante paso?

 

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Las Hijas

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