EL INVENTO MILENARIO QUE PUEDE SALVARNOS DE NOSOTROS

Todos tenemos un espacio dedicado a cometer errores sin sufrir las consecuencias, pero pocos lo sabemos.

 

Estamos en el centro de Atenas, en el año 510 a.C. Es la época del año en que los griegos celebramos el festival de Dionisio. En él comemos, tocamos música, celebramos, bailamos y contamos las historias que vivimos e imaginamos. Hay un lugar en el centro del centro de Atenas para cualquiera que tenga una historia que contar. Es un espacio dedicado específicamente a llamar la atención. Tespis, un ciudadano más, ve con amargura a un hombre que cuenta su historia en ese espacio. Siente un firme desacuerdo ante todo lo que él argumenta, sabe que entretiene a la gente con falacias. Quisiera subir con aquel hombre para decir lo que piensa, dividir la atención de la gente y la narrativa de los dos, que sea entendible para todos la postura de ambos. La verdad emergería por sí misma del diálogo que se crea por la confrontación de dos ideas contrarias.
Tespis no lo sabe, pero está a punto de inventar el teatro.

 

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Han pasado 2 milenios desde ese pensamiento. Hoy vemos el mismo formato que imaginó Tespis en todo tipo de telecomunicaciones. El problema de esto es nuestra obsesión por el prefijo “tele-“. El teatro y la democracia deberían tener una relación tan cercana e íntima que pareciera una estupidez crear cada vez más y más maneras de mantenernos a distancia y hablarnos de lejitos. En parte, es por esto que parece difícil encontrar hoy un círculo de teatreros cuyas prácticas y estudios se centren en el estudio de la humanidad y su conducta, más que en perfeccionar una técnica actoral. No está mal encontrar entretenimiento y comedia en él, pero erramos al distraernos de su propósito original. Es gracias a ese error que existen tantos productores, actores y públicos que confunden el ejercicio del teatro con la práctica del espectáculo; la reflexión de lo que es ser uno mismo con la ilusión de no serlo. 

 

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Debemos entender algo: en esencia el teatro no es un espectáculo ni el actor una estrella. El ejercicio teatral es más una herramienta con la que el actor facilita la manera en que nos entendemos entre todos los seres, incluyendo uno mismo. Habríamos de pensar en él como una habitación en la que nos permitimos decir, hacer y sentir cosas que normalmente no tenemos “permitido”. El hecho de experimentar nuevas y diversas emociones juntos, frente a frente, nos permite comprender nuestras conductas y saber, por ejemplo, para qué aquella chica bailaba por las que ya no están y por qué eso no es objeto de burla. Con la práctica comunitaria y periódica del teatro nos podemos evitar el “no creo que esto pase porque no me ha pasado a mí”, obtuso comentario que parece surgir tras cada polémica de nuestra era. En esta habitación nos dedicamos a contar historias, reales o no, y a reflexionar sobre ellas, sobre qué es lo mejor que podemos hacer nosotros como sociedad o individuos frente a tales o cuales situaciones. Esto es algo que los mismos teatreros nos hemos permitido olvidar.

 

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Es por esto, queridos amigos, que jamás nos cansaremos de insistir en que asistan al teatro. Tenemos un planeta, una sociedad, una vida, pero nuestros problemas sobran. Faltan miles de historias que necesitan ser contadas para darles un final, y otras miles que necesitan más creadores para que nunca terminen. Conflictúense. Cuestiónense. ESCÚCHENSE. ¿Quieren saber cuál es el rol del teatro?  Pregúntense cuál es su rol en la sociedad. Todos tenemos un espacio dedicado a cometer errores sin sufrir las consecuencias, pero pocos lo sabemos. Todos tenemos la oportunidad de ensayar para la obra más grande de la que somos víctimas y protagonistas: nuestra propia existencia.

 

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