¿DE DÓNDE VIENEN LOS IDEALES?

Anhelamos algo que nos rebasa, y que cuando alcanzamos no estamos dispuestos a soltar.

Trascendencia.

Un hambre. Una obsesión. Una necesidad frecuentemente convertida en necedad. Nacimos con un pánico a morir, por lo que, como buenos seres humanos, nos ingeniamos la inmortalidad. No es ni perfecta ni inmortal, pero nos logra unos cuantos años más de vida, incluso después del epitafio que relata nuestro fin.

 

¿Por qué queremos trascender? ¿Cuán fuerte es nuestro deseo por ser recordados? Las respuestas dependen de los ideales, y los ideales dependen de la persona que los construye. Algunos buscan el poder ideal, otros buscan el placer ideal, y hay muchos otros que sólo buscan la verdad (el ideal, desgraciadamente, es encontrarla).

 

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Siempre queremos más. El humano es un animal que se nutre de trascendencia. Anhelamos algo que nos rebasa, y que cuando alcanzamos no estamos dispuestos a soltar. ¿Heróico? ¿Tiránico? ¿Las dos? Eso lo decide la gente que le gusta observar a ese alguien alcanzando ese algo. Un gran ejemplo de ello es Sarah Bernhardt, una actriz del siglo XIX que creía en la denuncia, la revolución, la justicia y la verdad, conceptos que en aquella época estaban en pañales.

 

Su particular forma de manifestar dicha búsqueda era a través de sembrar en su público la misma incomodidad que sus personajes sentían. Por supuesto que esto hizo que la sigamos recordando 96 años después de su muerte, pero, a diferencia de muchos de nuestros muertos más recordados, ella no buscaba trascender. Ella es recordada porque nosotros contemplamos a la heroína que había detrás de ella. La seguimos recordando porque amamos los contrastes, y su expresión sobresalía por mucho en el estilo de vida gris y censurado en el que solían vivir. Son esas las consecuencias que suele dejar el perseguir un ideal hasta el final.

 

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La Divina Ilusión

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