ROTTERDAM: Del amor en todas sus versiones.

Amor, amor, amor. Es una palabra que escuchamos todos los días los que estamos de este lado de la pantalla. Ustedes, querido público conocedor, seguramente se han dado cuenta de lo mucho que manejamos el tema.

 

Amor, amor, amor.

Es una palabra que escuchamos todos los días los que estamos de este lado de la pantalla. Ustedes, querido público conocedor, seguramente se han dado cuenta de lo mucho que manejamos el tema. Después de todo, hacemos teatro. Podríamos decir que hacemos el amor todos los días, pero no. En realidad sostenemos que el amor nos hace a nosotros cada segundo. Y cuando decimos “nosotros”, ustedes, lectores (y no lectores), están incluidos. ¿Y cómo no, si todo se hace por -y a causa del- amor?

- “¿Todo?”
- Sí. Todo. Si no es que casi todo. Desde lo más bello hasta lo más ruin. De lo más valiente a lo más cobarde. Si no se está haciendo por alguien más, se está haciendo por uno mismo o los motivos que pueda tener. De meridiano a meridiano, arriba a abajo, dentro a fuera… en todos lados se está creando todo por y con amor. El amor, o es omnipotente, o es la omnipotencia misma. Reiteramos: Está. En todos. Lados.

Piensen en el amor no como un sentimiento, sino como un motor que le da movimiento al tren de la vida. Sólo movimiento. La dirección la da cada uno de ustedes. El destino es lo que encontrarán al final de sus decisiones. Y esas decisiones las tomarán nada más y nada menos que con amor. El amor, a una persona, la convierte en Dios. A una idea en un ideal. A un error en una obsesión. Tenemos la ilusión de decidir lo que queremos amar, cuando la realidad es que lo que amamos decide por nosotros.

Lo que nos lleva a pensar en el siguiente punto: todo lo aceptamos por amor.

- “¿Todo?”
- Sí. Todo. Si no es que casi todo. Desde lo más bello hasta lo más ruin. De lo má… Entienden el punto, ¿no?
Lo cierto es que, mañosamente, el amor tiene el poder de hacernos aceptar cosas que podrían no ser reales, buenas o amorosas con nosotros mismos; justificar -con mucha “razón”- actos tóxicos e imperdonables, atentados al prójimo y/o a nosotros mismos. Esto es porque la función del amor es seducirnos, no darnos lo mejor ni hacernos entrar en razón. Es pegarnos en la cara con lo peor de aquello que amamos y abrazarlo a cambio; Enterarte de que todo lo que sabías que era cierto en realidad nunca lo fue; Desconocerte por completo tanto en las (muy) buenas como en las (muy) malas.

El amor es un lenguaje tan universal que ya les contamos la historia de Rotterdam  y ni cuenta se dieron. Está tan bien codificado en nuestros genes que ni siquiera tuvimos que especificar si hablábamos de una mujer, un hombre o un animal. Cuando amamos a alguien es algo in-con-di-cio-nal. O al menos eso es lo que queremos creer. Quizá amemos tanto la idea de un amor incondicional que nos cegamos a la realidad. Pero mientras no estemos seguros, lo único que queda es aventarnos ciegamente al vagón y confiar en el viaje. A fin de cuentas, si estamos perdidos es por amor, y si es por amor no puede ser tan malo.

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